viernes, 26 de agosto de 2016

¿Qué decir cuando no hay nada que decir?


Nos dicen todo el tiempo que la única manera de sacar todo lo que nos pueda estar atormentando es hablando. Quisiera lanzar una pregunta que me ha estado curtiendo los huesos por así decirlo: ¿Qué pasa cuando no hay nadie que pueda escuchar aquello que nos atormenta? Muchas veces lo único que necesitamos es la voz de alguien, un ser presente, que nos diga que todo va a estar bien, que la vida tiene una luz inacabable por más tenue que parezca. ¿Qué pasa cuando eres tú quien está para decirle eso a las personas que amas pero ellos no están para ti? con esta decepción adviene una sensación de melancolía y soledad inevitable. Uno puede tener el coraje de meterse en el mismo infierno para tenderle la mano al ser amado, pero este tiene la capacidad de marcharse con demasiada simpleza. Cuando no tenemos a nadie que escuche las tormentas que tenemos guardadas en los bolsillos y se atreva a aceptar el reto de querernos más, sabemos que ya no hay nada que decir. 

¿Para que hablar? ¿para que hacer uso de los signos si lo que hay en el alma sobrepasa nuestra realidad? 

Nada que decir, no hay nada más que decir. 


Deberías ser tormenta.

Deberías ser tormenta, amor mío, porque el frío es el presagio de tu ausencia. Impredecible, gélido, temible. Sin piedad para aquella que cubre su rostro con la esperanza de no sentir tan devastador viento.

Deberías transfigurarte en la tormenta a la que te asemejas tanto, de esta manera podría sentirte una vez cada tanto. Podría ver las nubes grises sobre mí y saber que te acercas con pasos sutiles como las gotas de lluvia. Podría mostrarte mis dientes amarillos como una burla al sin sentido que me ha dejado tu ausencia.

Si fueras tormenta, si alcanzaras tal precisión con tu existencia, amaría sentarme en los parques que fueron fieles a nuestras largas conversaciones y esperaría el momento en que con la tempestad, se desvanecieran todas las cenizas en las que me he convertido. 

Complicidad con el autor.

Hace un tiempo, mientras hablaba con alguien a quien aprecio bastante, decidimos escribir un tratado sobre la escritura; sin embargo, esto de manera inevitable nos llevó a hablar de la lectura. Recuerdo de manera latente algo que pensé mientras escribíamos y es que, la lectura nos permite de cierta manera sentir que no estamos tan solos en el mundo. Aquí un ejemplo:

"Me veo obligado ya a admitir que la ansiedad es mi estado genuino, ocasionalmente interrumpido por el trabajo, el placer, la melancolía o la desesperación" 

C.Connoly 

Esta cita se encuentra en los diarios de Alejandra Pizarnik y a este epígrafe le preceden estos pensamientos de ella que, de manera hermosa, calaron en mí y me hicieron entender que alguien, en una época diferente a la mía y en otras circunstancias, sentía exactamente lo que yo siento hoy: 

"Luz de la mañana embebida en los ruidos cotidianos. Los ojos vueltos del sueño perciben asustados aún la realidad que los sacude. Siento mi despertar como una adhesión de una hoja a su árbol, como mi volver a pegarme a la rama que agitará arbitrariamente. Silencio de hoja matutina sin voz para sollozar la infamia de su inepcia [...] Encuentro prodigioso con los momentos de mi vida. Hallo una continuidad confabulada para llevarme a la individualidad más estricta. Mis años aumentan en proporción a las lágrimas. Cada día agrega nuevas lágrimas a la síntesis de mi ser temporal.  Lágrimas que son benéficas...
Pienso en mi neurosis. La odio porque no me permite pensar coherentemente. Acepto las angustias..." 

¿Cuántas veces la neurosis puede hacer de las suyas y dejarnos con una sensación de impotencia? ¿ cuántas veces no hemos temido por un inminente sacudir en la existencia que viene al despertar? ¿Cuántas veces no nos hemos visto reflejados en una hoja, ya sea en un árbol o en el suelo inerte por la sequedad?

Yo respondo a esto: muchísimas veces. La lectura es ese acto de complicidad con el autor, ese saber que no somos los únicos que sonreímos con las mismas metáforas y, finalmente, saber que no somos los únicos que hemos querido usar la literatura como ese umbral de liberación, en el que las palabras se convierten en la misma sangre que nos brota de los dedos con los que escribimos, con tanto ímpetu, con el fin de dejar en el papel la desgarradura del alma.

lunes, 15 de agosto de 2016

Escuchar vs Narrativa.

Hace un tiempo, podría decir que desde que empecé a leer más, me convertí, me transfiguré, en una persona que tiende a escuchar y analizar todo el tiempo a las personas. Lo que más me gusta de escuchar es notar que las personas se sienten especialmente bien cuando el otro permanece en total silencio, en mi caso, haciendo gestos de sorpresa o de inconformidad según corresponda.
Ahora, voy a hablar de el elemento más seductor de la escucha, la narrativa. Ese género literario que al parecer todos usamos en algún momento cuando contamos o leemos una historia de algo que nos aconteció (aunque puede ser inventada).  La narrativa nos permite  en nuestras historias, contadas en una simple conversación, incluir elementos como las emociones, las metáforas y hasta detalles sobre los personajes involucrados. Escuchar a alguien es tener la oportunidad de poseer un relato - con el permiso del hablante, por supuesto. -

Aquí un ejemplo de algo que me contaron hace un tiempo y lo utilicé para narrarlo a manera de cuento:



Llevábamos más de dos días despiertos, ya no sabíamos qué hora era y mucho menos en qué día de la semana estábamos. Nos encontrábamos sentados en alguna acera de la 33 tratando de conseguir algo de aire fresco, pero todos sabíamos que en la ciudad no íbamos a encontrar tal cosa. Empezó a lloviznar un poco y el agua ya tenía un olor amargo. En busca del tal aire fresco y, por supuesto, un lugar donde recostar nuestras cabezas cansadas y despeinadas, Jimmy sacó un mapa del estuche de la guitarra: “subamos al valle de los hongos, a 5km del parque Arví. Hay una vista preciosa, puro psilocybe.” Yo no tenía idea de hongos, pero el contacto con la naturaleza y en vista de que se nos acababan las provisiones que nos mantenían despiertos y sin hambre, decidí emprender el viaje con Jimmy y otros cuatro, tres amigas y Dante. Caminamos desde la 33 hasta la calle córdoba, cerca del pequeño teatro, ahí entre la carrera 52 y la 50 parqueaban los buses que se dirigen al parque Arví. Eran las 7:20 am, tomamos todos el segundo bus con las pocas moneditas que nos quedaban. En el viaje me senté junto a Mary Lou, que tenía este nombre pues porque de bautizo fue Mariana, pero siempre que andaba con nosotros traía unos parlantes con las canciones de Lou Reed en él. Así que mi viaje fue una combinación de rayones con lapicero en el blue Jean que me hacía Mary Lou mientras escuchábamos Walk on the Wild side de Reed. La carretera parecía una serpiente que nos lanzaba lejos con cada curva, el mareo se me colgaba de la garganta como un mico; cuando miré a mi lado Dante y Jimmy se encontraban en una especie de trance, de cierta manera adormecidos y apenas se les notaba la parte blanca de los ojos mientras hablaban de la dosis de hongos que necesitábamos y de lo que íbamos a comer después. Cuando llegamos al parque Arví, caminamos entre árboles y colinas los 5km exactos marcando dizque puntos de referencia, qué puntos de referencia íbamos a marcar si todos nos encontrábamos con la mitad del cuerpo inerte y el alma ausente, necesitábamos algo más. Mariana escuchaba Berlin de Reed y todos cantábamos: “ you could hear the guitars play, It was very nice, it was paradise.” Cuando llegamos, Jimmy nos enseñó que hongos tomar y resultó que Lu, una de las chicas, tenía familia en Santa Helena y tenían una propiedad, una finca totalmente vacía que solo visitaban en diciembre con toda la familia reunida. Subimos hasta donde vivían los familiares, pedimos las llaves y entramos con pasos laxos, ya arrastrando los pies como si dejáramos pedacitos de lo que nos quedaba de cuerpo en cada paso. Descargamos los morrales, Dante y Jimmy lavaban los hongos mientras Mariana me contaba que Berlín era un álbum tristísimo: “te lo juro, Pipe, es la historia de dos heroinómanos y su vida en Berlín. Al final la chica muere, tristísimo, te deja con huecos en el alma si lo escuchas…”  Llegaron Jimmy y Dante con los hongos, en un plato, ya listos, empezamos a comer. Pasaron varias horas, acabamos con todo lo que teníamos, jeringas, coca, cigarrillos. Ya eran las 8:30 pm. Encontramos una gallina y con unas papas que cogimos por ahí hicimos un sancocho, ya teníamos hambre. Estábamos todos  tan bajos de nota que no quisimos hablar más. Jimmy en medio de su desespero sacó cacao sabanero y comió tres de esos, era la primera vez que los probaba. Nosotros solo lo observábamos en silencio, a los pocos minutos todos vimos como las montañas cobraban un color bellísimo y se desplegaba hacía nosotros para acariciarnos con todo lo que habitaba en ella. Todos empezamos a llorar, nos tomamos de las manos y lloramos de manera inconsolable. Al día siguiente, todos buscamos con furia la llegada a casa. Estábamos cansados de sentirnos tan imparables, tan en el fondo, tan cansados sin poder descansar, tan abandonados…Luego vendrían más días como este.
Habían pasado unas dos semanas desde ese día y la mamá de Jimmy estaba llamando y contactando a todos los que estábamos con él ese día:
- Aló ¿Felipe?- Preguntó ella con tono desesperado.

-Sí, con él habla- respondí yo.

-Felipe, soy la mamá de Jimmy, necesito que me digan que hicieron hace dos semanas; ustedes se perdieron casi cuatro días y Jimmy está haciendo cosas muy raras- Dijo ella, ya con un tono inquisitivo.

- No hicimos nada grave ¿por qué? ¿Qué está haciendo Jimmy?- Respondí yo, no podía hundir a Jimmy en caso de que fuera un ataque de maternidad repentino.

-Desde ese día que él llegó a la casa, todos los días me dice que le traiga una gallina, que él tiene que hacer un sancocho, que la finca está brutal, que el viaje está brutal ¿Me entiende? Todos los días dice lo mismo, hace un sancocho y luego duerme…- Dijo ella con la voz quebrada, parecía que estaba llorando.

- él comió cacao Sabanero, señora- Colgué el teléfono.


Mariana se enteró y vino a mi casa; cocinó algo de heroína, lloró y luego se inyectó mientras escuchaba Perfect Day de Lou Reed, ambos teníamos en nuestra mente lo bien que estaba Jimmy ese día mientras en nuestra mente sonaba como eco: “…Just a perfect day, problems all left alone. Weekenders on our own…it’s such fun. Just a perfect day; you make me forget myself. I thought I was someone else…someone good…” Jimmy nunca se recuperó.  

domingo, 7 de agosto de 2016

Yo quería teatro.

"Esto no es lo tuyo, deberías tratar con algo más"  ¿Por qué se le dice esto a alguien? ¿acaso la profesora Beatriz, quien dirigía la lúdica de teatro en el colegio, no pudo darse cuenta de que con esta frase destruyó por completo mi capacidad de hablar en público? 
"Me llamo Tatiana" dije, y de inmediato vi en la cara de la profesora Beatriz un desacuerdo tal que  le proporcionó a mis rodillas un temblor incesante en el que tambaleaban mis pensamientos: "es la audición, Tatiana. Te tiraste en todo, Tatiana..." no pude articular más palabras, me senté y todos se me quedaron viendo con cara de: "¿para qué vino? ¿se equivocaría de lúdica?" y fue allí en ese momento en el que la profesora lanzó tan aterradora frase con la que me fui caminando hasta mi salón de segundo B, pensando a qué lúdica podía entrar si no era buena para absolutamente nada. Al final opté por entrar a la lúdica de tecnología para pasar el tiempo jugando; a decir verdad, tenía talento para el dibujo pero mi profesora de artística parecía un nomo gafufo con voz extremadamente gruesa y espeluznante, no soportaba ninguno de sus regaños y siempre me daban ganas de llorar. 

Cuando mi mamá iba por las notas, en el colegio, le decían que yo era callada en demasía y que por tanto, no podían ayudarme mucho con mis notas que siempre fueron aceptables. Cuando me daba por hablar, curiosamente, lo hacía llena de ira, por lo cual no era muy agradable y mis compañeras del colegio El Carmelo solo decían: "¡Habló! hasta que por fin le conocimos la voz..."
Cuando cursaba el grado noveno, al sentirme tan encerrada en el mismo colegio por nueve años, decidí que las cosas iban a cambiar y que otro colegio era mi oportunidad para dignarme a hablar con las personas, y así fue. Cuando ingresé a la Normal Superior me convertí en una persona que hablaba bastante, a decir, nada interesante a los oídos de mis compañeros, pero hablaba y eso me gustaba. 

Ahora que me encuentro en la Universidad he aprendido algo muy valioso; he aprendido a hablar menos y a escuchar más. Mis primeros semestres fueron testigos de mi impulsividad e imprudencia que más tarde se vieron refrenados por los libros que leía, los cuales me daban bofetadas todo el tiempo diciendo: "¡no sabes nada!" Entonces decidí callar y esperar con paciencia para obtener convicción de mis saberes al refrenar la emoción de las palabras que, muchas veces, actúan en nuestra contra. Amo las palabras, pero  he aprendido que son escasas a la hora de sentir y describir una realidad que nos sobrepasa.  

Alejandra Pizarnik - Obra completa 
Yo quería teatro -todavía lo quiero- pero si no hubiera sido por la profesora Beatriz, no habría conocido el valor de mis palabras y, sobre todo, no habría aprendido a hablar aunque me tiemblen las rodillas y el corazón parezca una bomba de tiempo. 

martes, 2 de agosto de 2016

No es que yo quiera escribir, es que ella es la escritura misma.


"...Pero estábamos lejos de casa lejos del olor del café y teníamos cerca  ese olor a sangre que tienen los días cuando uno amanece en un parque rodeado por muchos árboles que te observan en silencio mientras te fumas un cigarrillo y solamente quieres dormir y soñar con venados amarillos que corren suavemente sobre una pradera verde en una tarde de sol."

Rafael Chaparro - El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes. 

Cuando se lleva un tiempo escribiendo, no mucho, pero algo de tiempo, uno adquiere una especie de sensibilidad; es como un don dado por la literatura cuando ya se le ha evocado con tantas ganas. Sin ser consientes de que estamos desarrollando el don, notamos ciertas diferencias en nuestra manera de ver el mundo -hablo por mí, pero me gustaría creer que así, como yo, hay muchos-. Es decir, ahora al sentarnos en una banca de un parque podemos pasar minutos ¡incluso horas! especulando sobre los pensamientos y movimientos de una persona que se sienta frente a nosotros a leer un periódico. De manera inminente, nos volvemos mas sensibles a los olores y a las imágenes que esos olores nos provocan. Quizá escribir literatura sea como un llamado de esos que te diferencian de las demás personas, porque ya no caminas ni te vistes de la misma manera y, sobre todo, ya no hablas ni miras de la misma manera.

El párrafo anterior se volvió como una especie de conversación de bolsillo que saco siempre que requiero una breve sustentación de por qué escribir sobre la  ciudad se ha convertido en algo tan satisfactorio para mí, y es que, diciéndolo a manera de halago, la ciudad se convierte en la escritura misma, dado que ella me da las metáforas que necesito para identificar ciertos lugares, y es allí en donde la Aguacatala, por ejemplo, se convierte en un olor a cascara de mandarina en alcantarilla y el parque de las luces se transfigura cada noche  en el lugar donde la ciudad se refleja en la oscuridad de las 6 de la tarde que, a decir verdad, esconde vida en demasía, mezclada con humo y drogas hechas con ladrillo, o en su defecto, a curiosos como yo.


A medida que avanza la noche, la ciudad se convierte en una máquina que consume a todos aquellos que duermen en las esquinas, se les va chupando los huesitos, la carnita, el alma, sin misericordia y algunos buscan calor en los parques donde, al parecer, todos somos iguales: mismo estrato, mismos inconvenientes, misma vida, mismo corazón desnudo sin el papel de regalo de los años que llamamos felices, felices porque eran inocentes. En cualquier parque de la ciudad, todos tenemos derecho a las incomprensibles historias de un borracho y  al frío que nos azota a todos con la misma fuerza, recordándonos que estamos vivos.