martes, 2 de agosto de 2016

No es que yo quiera escribir, es que ella es la escritura misma.


"...Pero estábamos lejos de casa lejos del olor del café y teníamos cerca  ese olor a sangre que tienen los días cuando uno amanece en un parque rodeado por muchos árboles que te observan en silencio mientras te fumas un cigarrillo y solamente quieres dormir y soñar con venados amarillos que corren suavemente sobre una pradera verde en una tarde de sol."

Rafael Chaparro - El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes. 

Cuando se lleva un tiempo escribiendo, no mucho, pero algo de tiempo, uno adquiere una especie de sensibilidad; es como un don dado por la literatura cuando ya se le ha evocado con tantas ganas. Sin ser consientes de que estamos desarrollando el don, notamos ciertas diferencias en nuestra manera de ver el mundo -hablo por mí, pero me gustaría creer que así, como yo, hay muchos-. Es decir, ahora al sentarnos en una banca de un parque podemos pasar minutos ¡incluso horas! especulando sobre los pensamientos y movimientos de una persona que se sienta frente a nosotros a leer un periódico. De manera inminente, nos volvemos mas sensibles a los olores y a las imágenes que esos olores nos provocan. Quizá escribir literatura sea como un llamado de esos que te diferencian de las demás personas, porque ya no caminas ni te vistes de la misma manera y, sobre todo, ya no hablas ni miras de la misma manera.

El párrafo anterior se volvió como una especie de conversación de bolsillo que saco siempre que requiero una breve sustentación de por qué escribir sobre la  ciudad se ha convertido en algo tan satisfactorio para mí, y es que, diciéndolo a manera de halago, la ciudad se convierte en la escritura misma, dado que ella me da las metáforas que necesito para identificar ciertos lugares, y es allí en donde la Aguacatala, por ejemplo, se convierte en un olor a cascara de mandarina en alcantarilla y el parque de las luces se transfigura cada noche  en el lugar donde la ciudad se refleja en la oscuridad de las 6 de la tarde que, a decir verdad, esconde vida en demasía, mezclada con humo y drogas hechas con ladrillo, o en su defecto, a curiosos como yo.


A medida que avanza la noche, la ciudad se convierte en una máquina que consume a todos aquellos que duermen en las esquinas, se les va chupando los huesitos, la carnita, el alma, sin misericordia y algunos buscan calor en los parques donde, al parecer, todos somos iguales: mismo estrato, mismos inconvenientes, misma vida, mismo corazón desnudo sin el papel de regalo de los años que llamamos felices, felices porque eran inocentes. En cualquier parque de la ciudad, todos tenemos derecho a las incomprensibles historias de un borracho y  al frío que nos azota a todos con la misma fuerza, recordándonos que estamos vivos. 

1 comentario:

  1. Es muy interesante iniciar un texto anteponiendo la entrada de otro texto, puesto que esto atrae más la atención del lector y lo predispone a pensar sobre qué va a tratar el texto, al igual que la imagen también le da un toque agregado al mensaje que se quiere expresar. Como sugerencia, podría justificar el último párrafo, ya que los otros lo están.

    El contenido de la escritura permite develar el aprecio de los espacios que habitamos, los cuales, se convierten en un pretexto para escribir representaciones de la realidad que nos habita.

    ResponderEliminar